Adicciones, desencantos y demencia: el cóctel que llevó al suicidio a Robin Williams

¿Quién podría imaginar que el histriónico extraterrestre Mork o el verborrágico locutor de «Buenos Días Vietnam» fue alguna vez un chico tímido? Robin Williams nació el 21 de julio de 1951 en Chicago. Su padre Robert, era un alto ejecutivo de una automotriz, y su madre Linda, una modelo. El trabajo paterno convirtió a los Williams en una familia itinerante, y cimentó una relación filial fría y distante. Su madre, en cambio, tenía un don especial para la comedia y en esa complicidad Robin empezaría a formar una vocación.

 

Las continuas mudanzas lo convirtieron en un chico introvertido y temeroso. No es fácil ser siempre el «nuevo» en cada escuela y en cada barrio. Pero, si el afuera era hostil, dentro de su habitación, el mundo se volvía maravilloso. Los soldaditos y los autos de juguete cobraban vida de manera fantástica. Su voz se convertía en miles de voces y su imaginación se transformaba en un pasaje único a sitios infinitos donde los papás siempre tenían tiempo para jugar.

 

Durante su infancia en Detroit, Robin fue a un colegio solo de varones. Se graduó con honores y se destacó en los deportes pero a los 16, una nueva mudanza los llevó a San Francisco. No sería un destino más. El mundo gris de Robin se volvió tecnicolor. La escuela era mixta y la Costa Oeste ofrecía diversión y mucha libertad.

 

 

Aunque primero pensó en estudiar Ciencias Políticas, finalmente se definió por la actuación. Viajó a Nueva York para formarse en la prestigiosa academia Julliard, y según contaron maestros y colegas, nadie se tomó tan al pie de la letra el concepto de improvisación como él. Algunos no podían hacer una escena si no tenían un libreto, pero Robin jamás repetía una misma actuación. El paso de los talleres a los bares con espectáculos fue natural. «Es una conexión especial con el público, es como el sexo pero sin remordimientos», solía argumentar para explicar su fascinación.

 

De vuelta a San Francisco, consiguió trabajo de mozo y conoció a su primera esposa, Valerie Velardi, a quien conquistó…. Improvisando en francés. El local The Comedy Store se convirtió en su centro de operaciones. Su figura parecía volar por el escenario y nadie quería perderse a ese actor desconocido y con un talento inmenso. Cualquier imprevisto que pusiera en jaque la función, para él era un estímulo. Como ese día en el que se cortaron los micrófonos y los comediantes entraron en pánico. Williams, en cambio, se puso a pasear por las butacas y a improvisar una rutina de pastor evangélico. La gente lo amaba, le permitía todo, y él empezó a vivir demasiado al límite.

 

Estaba preparado para dar el gran salto. Lo que no sabía es que su consagración llegaría gracias al capricho de un niño.

 

En 1977, Scott Marshall era un nene que no se perdía Happy Days, la serie que dirigía su padre, Garry. Pero un día llegó Star Wars, «No quiero verla más porque no hay extraterrestres», se plantó y su padre sintió que tenía una misión y un argumento. En ese entonces, Robin hacía teatro a la gorra. La tía del pequeño era una de las tantas que había quedado encantada con su rutina. Además, con ojo de productora, notó que la gorra de Robin estaba siempre llena de billetes. Masrhall citó a Williams para una audición. En cinco minutos ya estaba contratado para lo que sería Mork y Mindy.

 

 

Acostumbrado al escenario de la vida, el set de filmación le quedaba chico, como Mork saltaba tan alto que parecía volar o se escondía tan rápido que parecía desaparecer. No conocía los límites de esa industria, que pronto tuvo que adaptarse a él, y sumó una cuarta cámara para seguir sus movimientos y sus gags incomparables con su compañera Pam Dawber (Mindy).

 

Si Williams no estaba preparado para la televisión, menos lo estaba para soportar un éxito tan masivo. La cocaína «la forma que tiene Dios de decirte que ganas mucho dinero», se convirtió en su aliada. Vivió al límite los últimos años de los 70 hasta que se chocó de golpe con la realidad. En 1982 su amigo John Belushi apareció muerto en su departamento por una sobredosis. Un rato antes, Williams se había retirado de la habitación. Sintió que la muerte había rondado y al menos esta vez no lo había elegido.

 

A la muerte de su amigo se sumó el final de Mork y Mindy. Williams y su esposa idearon un plan de escape. Se fueron al norte de San Francisco, en una casa entre praderas, vacas y ovejas tuvieron tiempo para desconectar. En ese ambiente nació su primer hijo Zachary y relanzó su carrera.

 

La segunda mitad de los 80 lo tuvo a Robin Williams probándose en papeles dramáticos, donde su histrionismo le otorgaba el ingrediente necesario para descontracturar. En un lapso de cuatro años, protagonizó Buenos Días, Vietnam, La Sociedad de los poetas muertos y Pescador de ilusiones, películas que marcaron a fuego su nombre para una generación y que le valieron respectivas nominaciones a los Oscars. La estatuilla llegaría años más tarde con En busca del destino. Se convirtió en un actor con mayúsculas, que podía emocionar y conmover desde el drama y la risa, que despuntaba con roles como Jumanji, Mrs. Doubtfire o poniéndole voz a Aladino en la versión animada de Disney.

 

En lo personal, su matrimonio sintió el desgaste del estilo de vida que los había salvado. Robin quería vivir la vida del actor y Valerie no quería ser la mujer de. Se separaron en buenos términos, pero en 1988, las revistas anunciaban. «Estrella de Hollywood deja a su esposa por su niñera». Lo real es que Williams y su niñera Marsha Garces habían iniciado su relación al poco tiempo de la separación. «Sufrí mucho lo que ellos tuvieron que pasar», contó Vivian.»Tenía que encauzar mi vida y Marsha me salvó, no me arruinó»; la defendió Robin. Juntos tuvieron dos hijos, Zelda y Cody.

 

La relación con sus hijos siempre fue un motivo de preocupación para Robin. Por un lado, destacaban lo genial que era tener un papá que llenaba el jardín de juguetes y se enchastraba en el barro con ellos. Pero ese tiempo era tan mágico como escaso. Las ausencias no se contaban por horas sino por meses. «Mi yo egoísta quería que pasáramos más tiempo juntos, pero era su trabajo y nos fuimos acostumbrando»; lamentaba Záchary.

 

Pero si como padre no podía con todo, como amigo entraba en la categoría de «los de fierro». Cuando Christopher Reeve sufrió el accidente que lo dejó paralítico, Williams entró en su habitación vestido de médico y diciendo que precisaba realizar un examen rectal. Y Reeve logró reír. Si lo contrataban para un evento exigía algo especial. ¿Autos de lujo? ¿Camarín con jacuzzi? Nada de eso, Williams pedía que se empleara a gente sin hogar y desocupada.

 

 

Mientras, la cocaína era un recuerdo pero la nueva amenaza era el alcohol. Todo empezó como un chiste en un hotel, robando una botellita de whisky del frigobar. El actor se tomó en serio su propia broma y sintió que cada vez era más difícil escapar de su adicción. Luego de una catarsis en el escenario y de tres años de locura decidió internarse.

 

En 2008 su cuerpo mandó un alerta. Sufrió problemas respiratorios y fue operado del corazón. Su reaparición pública no podía ser de otra manera: entrevistado por su amigo David Lettermany bromeando sobre «la hermandad de corazón abierto».

 

Su vida personal sumaba otra separación y un nuevo matrimonio -con Susan Schneider, quien lo acompañaría hasta sus últimos días-. Para ese tiempo se lo comenzó a ver decaído. Se notaba que algo le pasaba pero ¿qué?

 

Pam Dawber volvió a actuar con él y lo vio como ausente. «Parecía una figura de cera». En el mismo sentido se manifestó el director Mark Romanek. «Había perdido la gracia, le faltaba algo en la mirada». Y su gran amigo Billy Cristal reconoció que nunca lo había visto tan triste. Pronto se supo la razón: le habían diagnosticado Parkinson.

 

Williams sentía que había perdido la gracia, el cuerpo le fallaba, su lugar en la marquesina del espectáculo había retrocedido unos cuantos casilleros y su fortuna estaba en declive porque «divorciarse es caro». Se comenzó a cuestionar si había sido un buen padre aunque sus hijos jamás le hicieron un reproche. Y lo peor sentía que ya no podía ser gracioso ni hacer reír, justo a él que hizo de la risa una forma no solo de expresión sino de vida.

 

 

El 11 de agosto de 2014, Robin Williams se suicidó. Había dado algunos indicios de su decisión. Gran coleccionista regaló todos los anteojos y relojes que guardaba. También escribió notas que decían «es hora de irse», «quiero terminar con todo».

 

Cuando se supo la noticia las cuevas de Stand Up que lo habían visto brillar se volvieron pequeños santuarios. Las redes sociales se llenaron de mensajes de lo que habían visto en Williams a un compañero de ruta antes que a una estrella de Hollywood. Tiempo después, su viuda contó que en la autopsia había demostrado que Robin padecía una enfermedad neurodegenerativa (conocida como demencia con cuerpos de Lewy), que produce trastornos de memoria, del comportamiento y del organismo. Para muchos de sus amigos su suicidio no fue por desprecio a la vida sino el último acto de libertad que le quedaba.

 

Las cenizas de Robin Williams fueron esparcidas en la Bahía de San Francisco pero su talento sigue vivo en todas y cada una de sus creaciones. O ¿quién no soñó con tener un profesor como el que encarnó en La sociedad de los poetas muertos, conversar con un genio adorable como el de Aladdin o conocer un médico como Patch Adams?

 

 

 

Fuente: https://www.infobae.com/teleshow/infoshow/2019/07/21/adicciones-desencantos-y-un-cuadro-de-demencia-el-coctel-que-llevo-al-suicidio-a-robin-williams/

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