Pagó 1.500 dólares por un barco hundido de 1886, lo restauró, hoy es su casa y navega por Brasil

Fernando Zuccaro.

 

 

 

Fernando Zuccaro tiene 60 años, es de La Plata y cuando era chico, con su hermano y dos amigos, iban al rio en bicicleta. Desde la costa veían la orilla de Colonia, en Uruguay, y pensaban: “Se puede cruzar”. Un día se animaron. “Armamos una balsa con cuatro cubiertas infladas y el respaldar de una cama. Aprovechamos la siesta de un vecino para comprobar si flotaba e hicimos remos con escobas. Luego tomamos el micro que nos dejaría en el puerto de La Plata”, relata Fernando sobre los comienzos de su pasión por la náutica. “Llegamos al río, nos subimos a la balsa y salimos por la dársena. Pero ahí nomas se nos vino encima un barco mercante y nos dimos cuenta que no era tan fácil como creíamos. Dimos la vuelta. Era invierno. Volvimos abatidos. Teníamos diez u once años”, recuerda entre risas este navegante que nació un 29 de febrero y hasta en eso se siente raro.

 

Lo cuenta cincuenta años después, desde Caravelas, al sur de Salvador de Bahía, Brasil. Está a bordo de su casa, el Goleta Gringo, un tall ship –o velero de mástil alto– que data de 1886 y es uno de los barcos más antiguos del mundo que siguen navegando. Pero no vive solo. Lo acompañan su mujer, Bárbara Beron Vera, Juan (7) –el hijo que tienen en común–, Aquiles (23) –hijo de Fernando de una pareja anterior– y Maxi, un sobrino. Además, Fernando es papá de Amparo (25), Clarita (20) y Mateo (18).

 

 

POPEYE EL MARINO SOY

 

“En los años ochenta uno aprendía a navegar con grandes maestros y muy buenos libros. No era como ahora. Ibas como grumete –aprendiz de marinero– en el barco de alguien y después de demostrar que habías hecho diez cruces a Colonia, rendías un examen muy áspero en la Escuela Naval de la Armada”, cuenta Fernando sobre aquellos barcos de farolitos con querosene.

 

Su primera nave fue el Jano II. “Vi un anuncio en una revista. Tenía un precio absurdo y estaba en San Isidro. Había quedado trabado en una sucesión y estaba podrido. Lo compré con un amigo y salí desde allá en dirección a La Plata. Cargué nafta en el Riachuelo y cuando estaba entrando al puerto, hubo una sudestada de fuerza ocho y me hundí. Me rescató el Draga 259 Mendoza”, señala y ríe a carcajadas al recordar: “Tuve que soportar las cargadas de mis amigos de rugby. Entraba al vestuario y me silbaban la canción de Popeye el marino”.

 

Sin embargo, aquellos inicios no lo amedrentaron. Fernando volvió a apostar y compró un barco desarmado en el Yacht Club de La Plata. “Era un Light Crest diseñado por Germán Frers que se llamaba María B. La cosa ahora sí iba en serio. Navegaba con amigos a Montevideo o Punta del Este. Ahí aprendí mucho y nunca dejé de hacerlo. Pasaba más tiempo en el agua que en tierra. Mi mamá todavía guarda mi primera brújula”, asegura y precisa que desde entonces ya no vive en una casa, sino que en un barco. Porque además tuvo un narval, el Marian Dik, y llegó a Europa atravesando el océano a vela.

 

La goleta Gringo es el segundo barco más antiguo del mundo que está en navegación.

La goleta Gringo es el segundo barco más antiguo del mundo que está en navegación.

 

 

Buscavidas, Fernando siempre trabajó en mantenimiento. Tiene desde entonces una casita en el puerto de La Plata, en el canal Saladero y rio Santiago, que es de construcción palafítica –en alto, sobre la marea–. “Como sé manipular madera, hierros y vidrio pensé en armar un barco antiguo. Casi compro un remolcador alemán de casco muy lindo, pero mis amigos me lo impidieron. Era un peligro. Entonces me recomendaron buscar veleros rápidos cargueros, como el antiguo Pegli. Me costó muchísimo encontrarlo, hasta que un día me avisaron que estaba en Rincón de Milberg. Llegué a verlo y me dijeron: ‘Ahí lo tenés’. Estaba hundido”, rememora sobre aquella gran locura de 1990.

 

Y sigue: “Lo compré por 1.500 dólares, como chatarra. Lo saqué a tierra para repararlo. Media bodega estaba llena de barro, ratas, restos de zapatillas… Todo lo que arrastra el rio Luján. Me pasé dos días sentado en el astillero mirándolo y pensando qué hacer. Pero era tan perfecto que no lo podía dejar morir”.

 

Le llevó seis meses repararlo, con ayuda del Astillero Rio Santiago, Técnica Naval de Tigre y la Armada Argentina. ¿El resultante? Un barco de 29,80 de flotación –alto– y 37,60 de eslora –largo– total, con un calado de tres metros. Le puso una quilla como refuerzo. Y se enorgullece de haber restaurado con sus propias manos desde la carpintería hasta las fundas de colchones. Pero repite que solo lo logró porque se cruzó “con gente de primera”. ¿Por qué lo re bautizó Goleta Gringo? “Gringo loco” le decían a él cuando lo veían martillar esa bola de chatarra. Pero cuando el barco tuvo un mástil y volvió al agua, la gente dejo de llamarlo “loco”. Y, no solo le decían “Gringo” a él, sino también a su barco. Mientras que goleta refiere a todo buque de más de dos palos.

 

 

 

Se había construido originalmente en el Astillero Roncallo de Génova (Italia) y se llamaba Luigino Palma, antes de Pegli. Fue botado –lanzado al mar por primera vez– en 1886 y no hay certezas de cuanto tardaron en construirlo, porque muchos astilleros desaparecieron con la Segunda Guerra Mundial. “Es un barco que navegaba cargado. ¡Traía hasta 350 toneladas! Salía de la Toscana con mármol de Carrara que descargaba en Irlanda. Ahí se llenaba de carbón de piedra y venía a la Argentina. En el puerto de La Plata limpiaban la bodega a escobazos, lo llenaban de trigo y zarpaba de vuelta al Viejo Continente”, cuenta Fernando y agrega que muchos inmigrantes llegaban a nuestro país en el Pegli, pero no como pasajeros, sino entre la carga.

 

“Dejó de hacer ese trayecto en 1933, cuando se creó la Marina Mercante. Entonces le dieron la matrícula 45 y llevaba cebollas de Mar del Plata a Río Grande Do Sul, donde cargaba café. Después, chatarra a Uruguay. Más tarde le pusieron un motor y transportaba madera hacia el Norte. Cuando el casco se pudrió, le sacaron el motor e iba a remolque. Hasta que se pudrió del todo y lo abandonaron”, revela Fernando sobre esta obra de arte que muchos aseguran es el segundo barco más viejo del mundo que sigue navegando. Figura detrás de uno que está en Estados Unidos y es dos años más antiguo.

 

La familia, en la cubierta del barco que tiene una cuenta de Instagram para quienes lo quieran conocer @goleta.gringo

La familia, en la cubierta del barco que tiene una cuenta de Instagram para quienes lo quieran conocer @goleta.gringo

 

 

LA SOCIA IDEAL

 

“A fines de los noventa me estaba quedando sin trabajo y un día exploté. No podía respirar, se me hinchaba la lengua y fue un quilombo bárbaro. Vino la Unidad Coronaria de La Plata, me medicaron y empecé un tratamiento. Fue un espasmo coronario y me sirvió para cambiar la cabeza. Elegí vivir un poco más tranquilo”, reflexiona, aunque en el barco de a ratos tenga que correr de acá para allá con las velas o levantarse a cualquier hora para revisar el fondeo.

 

Diez años después conoció a Bárbara, que es una bióloga marina de San Fernando y tenía una quinta en el Delta. Había vivido en Puerto Madryn, y tenía empezado un doctorado, pero, cansada del sistema académico argentino, se había lanzado a hacer travesías en camión por la mítica ruta 40. Los presentaron unos amigos para que se asociaran y llevaran turistas del Exterior. “Pero lo único que hicimos juntos fue a Juan”, ríe Fernando en referencia a su hijo menor. Y agrega que su mujer siempre le echa en cara que la primera vez que salieron, la hizo pasar por varios talleres mecánicos para conseguir un cambio marino.

 

“Yo venia de dos separaciones y no quería saber nada. Pero se dio. Tenemos mucho en común. Se vino a vivir al barco hace casi doce años. Es una excelente compañera, marinera y cocinera. Sé que tenemos una vida que sale de lo cotidiano”, reflexiona. Entonces cuenta que durante varios años su casa-barco estuvo en fondeada cerca de del puerto de La Plata, para de ahí salir navegando. Y que, en esa época, la Goleta Gringo empezó a ser contratada para acciones publicitarias.

 

Sin embargo, hace tres años, Fernando temió que la crisis económica volviera a afectarlo como a fines de los noventa y con su familiar decidieron zarpar para Brasil. Desde entonces, recorren sus costas en dirección al norte. “Nada nos limita. Tenemos las comodidades de una casa: cámara frigorífica, heladera, microondas, horno de ladrillo, lavarropas… Nunca tuve televisión, porque no me gusta. Pero ahora pusimos un plasma para ver películas. Tal vez extraño ver partidos de rugby. Tenemos seis camarotes dobles con baños y ducha, además de dos camarotes cuádruples. Las camas son grandes. Contábamos con un chulengo, pero una ola lo tiro al agua. Vivimos sin cerradura. No hay ruidos de bocina. Y recién estábamos almorzando en la popa mientras los delfines saltaban a nuestro alrededor”, detalla.

 

 

 

Cuenta que Juan llegó al barco con quince días de vida y nunca vivió en una casa. Va al colegio y tiene amigos en los diferentes puertos. Sigue el SEADEA, que es el Servicio de Educación a Distancia del Ejército Argentino. Y que alguna vez, cuando escuchó que sus padres hablaban de vender el barco, los interrumpió con una pregunta: “Si viviéramos en una casa, ¿cómo haríamos…? Las casas no van a ningún lado”

 

Y en materia de tormentas, Fernando evita hablar de sus grandes epopeyas pero admite: “Claro que las hubo, pero si no conoces lo feo, ¿cómo vas a saber qué es lo lindo? Duran un rato y nadie se asusta. El barco es confiable y tengo la mejor tripulación del mundo”, apunta. Mientras que para explicar como se solventan, reflexiona: “Salimos de Argentina con el dólar a 14 pesos y ahora está arriba de 100. ¡¿Qué se le va a hacer?! La remamos… Llevamos gente, compartimos gastos y participamos de regatas. La vida abordo es barata. Lo caro es mantener el barco. Pero, a esta altura, la tranquilidad y esta calidad de vida suplen cualquier necesidad de un gran auto o un buen teléfono”./Infobae

 

 

 

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